La sal ha sido fuente de discordia y motivo de luchas fratricidas durante siglos. Lo fue para los mayas, que la usaban como moneda de cambio y sometieron a otras comunidades para dominar su mercado. Hace 80 años se convirtió en la chispa que prendió la llama de la independencia de la India con la Marcha de la Sal encabezada por Gandhi. Ahora uno de los últimos escenarios de esta cruenta guerra es Nueva York, donde se ha emprendido una campaña para frenar el consumo del cloruro de sodio.
Al igual que ya hiciera con el tabaco y las grasas saturadas, el alcalde Michael Bloomberg lanzó en enero una propuesta para reducir en un 25% el uso de sal en los próximos cinco años, un programa voluntario y que tiene dos frentes. Por un lado, la industria de alimentos envasados, que no ha tardado en criticarlo, y por otro el de los restaurantes, que se han echado las manos a la cabeza por semejante «intromisión» en sus cocinas. La última ocurrencia ha llegado en boca del legislador Félix Ortiz, un demócrata de Brooklyn que va más allá y acaba de presentar un proyecto de ley que en caso de ser aprobado prohibiría a todos los restaurantes de Nueva York cocinar con el condimento blanco por excelencia. Y no se andan con tonterías. La medida prevé multas de hasta 1.000 dólares (726 euros) para aquellos osados chefs que se atrevan a salar sus platos.
Son muchas las voces que han aplaudido la última iniciativa sanitaria impulsada en la Gran Manzana. Por pequeña que pueda parecer –dicen los que apoyan al alcalde–, cualquier contribución es buena para ayudar a reducir los niveles de hipertensión arterial, los problemas cardiacos y los derrames cerebrales, por mencionar solo algunas de las enfermedades que normalmente están asociadas al exceso de sodio en nuestras comidas.
Se calcula que en EEUU hay unos 73 millones de personas con problemas de hipertensión y otros 59 millones con serios riesgos de padecerla. La enfermedad se ha convertido en la segunda causa de muerte en el país y solo el año pasado costó la friolera de más de 50.000 millones de euros a los servicios de salud, según datos del Centro de Prevención y Control de Enfermedades.
A estas alturas nadie duda de los peligros del consumo excesivo de sal, pero muchos creen que medidas así no son las más acertadas para combatir el problema. Los principales afectados, los restaurantes, no salen de su asombro. «El que quiera comer sin sal que vaya al hospital», aseguraba recientemente uno de los chefs más respetados de Nueva York. Absurdo, ridículo y exagerado son algunos de los adjetivos asociados a esta propuesta.
Una revista ha hecho un cálculo de la sal de algunos platos y los resultados son dramáticos. Los fettuccini Alfredo superan en un gramo la cantidad recomendada por día, al igual que una hamburguesa completa, mientras que la ensalada César aporta la mitad. Pero de acabar prosperando estas medidas, ¿qué pasará con clásicos locales como los pretzels de la tía Annie, los hot dogs del Yankee Stadium o los sándwiches de Reuben?
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