Las medidas del riesgo son 102 y 88 centímetros. Para los expertos en obesidad, esas cifras en la cintura masculina y femenina respectivamente indican la presencia de una grasa que va a dar problemas cardiovasculares, respiratorios, metabólicos. Tanto que la medida de la cintura se considera actualmente tan indicadora de enfermedad como la del índice de masa corporal. O quizá más.
En el engorde influyen, además del exceso de comida y la falta de ejercicio, factores genéticos y hormonales. La grasa de los glúteos y los muslos no hace daño, salvo a la imagen de uno mismo, pero la grasa abdominal, propia de los hombres y de las mujeres tras la menopausia, la llamada intrabdominal, complica y daña a otras muchas partes del cuerpo. Por ejemplo, provoca hígado graso (como el de patos y ocas). También inflama el endotelio vascular (el forro interior de las arterias) causando así el inicio de una arteriosclerosis (que luego produce trombos, ictus e infartos de miocardio).
Su acción también provoca diabetes tipo 2 (la más común, con altos niveles de azúcar en la sangre). Esta enfermedad es considerada cada vez más una secuela de la obesidad, hasta el punto de que "con diez kilos menos muchas de estas diabetes se curan", indica Xavier Formiguera, presidente de la Sociedad Española del Estudio de la Obesidad (Seedo) y pionero en el tratamiento de grandes obesos en Catalunya.
Y por si fuera poco, esa grasa que abulta cinturas "se infiltra en la musculatura de la boca y la faringe y llega a cerrar las vías aéreas al relajarse, provocando apneas del sueño", indica el experto. "Es una grasa muy activa".
Tratamientos efectivos.
No hay ningún instrumento que permita adelgazar sin hacer dieta y aumentar el ejercicio físico. "Lo tendremos, pero aún no hay ningún fármaco que excluya dieta y ejercicio", explica Formiguera. Hoy por hoy sólo hay dos medicamentos indicados para obesidad: uno que disminuye la absorción intestinal (Orlistat) y otro que aumenta la sensación de saciedad (sibutramina), "pero ninguno ha conseguido resultados extremos", reconoce Josep Vidal, experto en diabetes del Clínic de Barcelona. La esperanza está en avanzar más en una hormona (llamada GLP1) que provoca un enlentecimiento del intestino, estimula la secreción de insulina y participa en la sensación de saciedad. "Esa hormona es hoy un fármaco cuya única indicación es la diabetes, la mitad de los cuales tiene sobrepeso", indica Vidal.
Cuesta mucho adelgazar. "La explicación es que el peso es algo importante para el organismo y lo defiende. Perder peso es una señal de peligro, así que todo se organiza para defenderlo". Una vez situado en unas dimensiones, el organismo tiende a defender el máximo conseguido. Por eso las soluciones rápidas y sin esfuerzo lo tienen crudo: van contracorriente. Por eso se trata de no llegar a esa cintura peligrosa.
Más que un problema personal "Pero la implicación en la lucha contra la obesidad va más allá del paciente", defiende Vidal. "No puede ser una epopeya personal, no puedes ser el único que va al gimnasio, el único que come cuidadosamente en casa. El resultado cambia si los hábitos se extienden a toda la familia y lo mismo pasa con el ejercicio. No podemos pensar que dieta y ejercicio sea un problema de obesos. La educación no es sólo estudiar. La sociedad avanza más rápido que las costumbres. No tiene sentido que en época de abundancia cada celebración sea una comilona".
Para los expertos, esta enfermedad tan extendida será en breve impagable. "No habrá país que pueda pagar las secuelas de la obesidad", dice Formiguera. Los obesos llegan a las consultas no por su peso, sino por su hipertensión o por su angina de pecho. Y todo eso requiere medicación de por vida". A lo que hay que sumar más bajas laborales. Y el síndrome metabólico, la síntesis de todo un modo de vida. La combinación de abdomen obeso, bajo colesterol del bueno (HDL), triglicéridos altos, azúcar (diabetes) e hipertensión. "Es una bomba de relojería", describe Formiguera. "Lo tiene el 30 por ciento de las personas obesas y los obesos son ya el 20% de la población".
La Vanguardia 23/12/2009
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